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¡Llegaron en junio! Los zompopos rompen el calendario y reavivan la magia en comunidades de toda Guate

Una tradición muy propia de Guate.

No llegaron en mayo, como manda la tradición. Esta vez, los zompopos decidieron romper el protocolo y aparecer en junio. Pero no importa: su presencia sigue siendo motivo de fiesta, de memorias que huelen a tierra mojada, y de una conexión mágica con lo que somos como país.

En muchas comunidades de Guate, la aparición de los zompopos de mayo es más que una simple curiosidad natural. Es un evento esperado. Una costumbre. Una celebración sencilla, ancestral y viva. Porque no se trata solo de insectos que salen de la tierra. Se trata del alma campesina que aún respira en los pueblos, del niño que corre con una hoja de plátano en la mano y del adulto que recuerda que antes de las redes sociales, el zompopo era tendencia.

Este año, rompieron su propio calendario. Se atrasaron. Llegaron en junio. Y eso, lejos de apagar el entusiasmo, lo recargó. En barrios, veredas y redes sociales, la noticia empezó a circular: “¡Ya salieron los zompopos!”. Y con esa frase, volvieron los recuerdos, las historias, las cazas colectivas y las recetas que pocos extranjeros entienden, pero que todos los guatemaltecos atesoran.

“Aparecen solo una vez al año. Y cuando salen, se siente como si algo antiguo despertara. Algo nuestro”, comenta doña Ofelia, vecina de San Juan Sacatepéquez, mientras observa cómo su nieta intenta atrapar uno con emoción desbordada.

Hay quienes los comen, otros solo los observan, muchos los fotografían. Pero todos coinciden en lo mismo: los zompopos son parte de esa cultura pequeña, pero poderosa, que hace única a Guate. Como el fiambre en noviembre, los barriletes en Sumpango, o el olor a tamal en diciembre.

Este fenómeno natural no tiene fecha exacta ni guion fijo. Algunos años llegan en mayo. Otros, como este, se hacen desear. Pero cuando aparecen, transforman patios en escenas vivas, veredas en rutas de expedición, y charlas familiares en cuentos que mezclan ciencia, tradición y cariño.

“Dicen que si hay zompopos, la tierra está viva y fértil. Es buena señal”, comenta un agricultor en Chiquimula, con la sabiduría sencilla de quien sabe leer la naturaleza sin necesidad de un manual.

En un mundo donde todo parece correr, programarse, predecirse, los zompopos siguen siendo un pequeño acto de libertad y memoria. Llegan cuando quieren. Se van en silencio. Pero mientras están, nos recuerdan que la cultura no siempre está en los museos… también habita bajo la tierra, esperando su momento para volar.

Y este junio, aunque tarde, Guate volvió a volar con ellos.

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