Guate volvió a decir presente con fuerza: el traje nacional de Raschel Paz no fue un adorno ni un cliché, sino una propuesta diseñada para poner a Xela en conversación global. La pieza, obra de Janeth Guerra, llevó al escenario un mapa cultural armado con símbolos claros, decisiones de diseño inteligentes y un objetivo estratégico: mostrar de qué está hecha la región que formó este concepto.
La chaqueta tipo torero, en terciopelo negro, no se quedó en estética; marcó carácter. Sus bordados mayas auténticos y las siete lunas en jade funcionaron como un recordatorio visual del peso histórico de Xelajú y de su legado deportivo y cultural. El ishcap, con sus 13 vueltas y cristales que respondían a la luz del escenario, reforzó la lectura: Xela no solo cuenta tradición, la sostiene en volumen y precisión.
Las botas se convirtieron en uno de los puntos más comentados. Pintadas a mano con el Monumento a la Marimba y fragmentos de “Luna de Xela”, llevaron arte público y memoria colectiva a un espacio global. La ejecución técnica estuvo a cargo de José Gómez, quien logró una pieza hecha para competir, no solo para posar.
Y, como remate, el báculo ceremonial dividido en pasado y presente sirvió como narrativa visual compacta: símbolos mayas, bordados quetzaltecos y una lectura que conecta origen, identidad y continuidad.

En un certamen donde cada detalle compite por segundos de atención, este traje lo tuvo claro: representar a Xela con respeto, estrategia y contundencia. Otra muestra de cómo Guate sigue encontrando formas de brillar en escenarios donde la identidad no se explica… se demuestra.

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