Frente a una tradición que no admite medias tintas, un turista extranjero dio el paso que pocos se atreven a dar: dejar de observar y entrar al cuadrilátero de Chivarreto, en Totonicapán, este Viernes Santo.
Aceptó el combate a puño limpio, sin guantes y sin ventajas. Del otro lado, un guatemalteco que entiende el peso de una práctica que no gira en torno al espectáculo, sino a una forma de asumir la fe, el carácter y la resistencia.
El intercambio fue directo. Golpes medidos, público atento y un ambiente que no se improvisa. En ese espacio, cada participante sabe a lo que entra.
Con el paso de los minutos, el visitante marcó su propio límite. Detuvo la pelea, agradeció a su oponente y se retiró con respeto ganado, sin necesidad de exageraciones.
Año con año, personas de distintos países llegan a Chivarreto. Algunos solo miran. Otros deciden involucrarse y entender desde dentro una de las prácticas más particulares de Guate.

Aquí no hay guantes ni discursos. Hay decisión. Y eso, para quien lo presencia o lo vive, deja claro por qué esta tradición sigue firme con el paso del tiempo.
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