En las montañas del altiplano norte, en el municipio de Todos Santos Cuchumatán, departamento de Huehuetenango, se vive cada 1 de noviembre una de las expresiones culturales más vívidas del país: la Carrera de Cintas. Lejos de ser una mera competencia, es un ritual a caballo que congrega comunidades, visitantes y generaciones para rendir homenaje a sus muertos, a la tierra y a la identidad.
La carrera se realiza en una pista de tierra que conduce hasta el cementerio municipal, donde jinetes ataviados con trajes ceremoniales —sombreros con plumas, pañuelos de colores, cintas rojas— montan sus caballos en galopes de vértigo. Pero el objetivo no es cruzar primero la meta: es mantener viva una forma de ser, de recordar y de celebrar.
La jornada inicia con una ceremonia en la que la cofradía local pide permiso a los santos y a la Madre Tierra para que la tradición se desarrolle con respeto. En sus inicios, como explican historiadores, esta práctica se originó en un contexto de resistencia: antiguamente, a las comunidades indígenas se les prohibía montar a caballo; al hacerlo hoy, galopan por memoria y tradición.
A lo largo del día, el estruendo de cascos, el colorido de la vestimenta, las marimbas y la celebración se combinan para generar un ambiente de emoción, desafío y comunión. Cada jinete asume que su caballo, su vestimenta, su valor, son parte de un legado que trasciende lo individual.

Identidad y orgullo chapín en cada galope
La Carrera de Cintas es mucho más que espectáculo: es un acto de identidad. En Todos Santos, donde la población mayoritariamente es de la etnia mam, este rito se convierte en un símbolo de pertenencia, una clara afirmación de la cultura maya-guatemalteca que se expresa con vitalidad.
Además, esta tradición abre la puerta al mundo exterior: turistas nacionales e internacionales llegan a la sierra para vivir la experiencia, lo cual fortalece el valor cultural del evento y su proyección más allá de Huehuetenango.
Porque en un país lleno de expresiones culturales diversas, la Carrera de Cintas es una de las más auténticas y poco conocidas que reafirma lo que somos: un pueblo que celebra la vida, recuerda la muerte, pero no por tristeza, sino por reafirmación. Alimenta el orgullo de estar en Guate, de ser parte de una tradición que no se reduce a la nostalgia, sino que vive en cada galope, en cada vestimenta, en cada mirada.

La próxima vez que pienses en noviembre, además del fiambre, recuerda que en las montañas de Huehuetenango los caballos galopan para evocar, celebrar y afirmar: esto es Guate, y estamos vivos en nuestras raíces.
Buenas Noticias GT: Cuando miramos nuestras tradiciones, reconocemos quiénes somos.