82 años después, San Pedro La Laguna volvió a mirar hacia arriba con el corazón lleno de orgullo por su identidad . Y no fue por fuegos artificiales, sino por el regreso de un ritual que parecía olvidado en la historia: el baile del Palo Volador. Esta vez no fue leyenda, fue realidad. Y fue monumental.
Como parte de su Feria Patronal 2025, el pueblo Tz’utujil hizo algo que nadie esperaba: despertó un espíritu dormido desde 1943. Con fuerza, con fe y con armonía, San Pedro alzó un mástil de más de 30 metros de altura, traído desde las montañas con ceremonia y respeto.
El espectáculo dejó a todos sin palabras. Los danzantes, ataviados con trajes de jaguar, venado y mono: símbolos de poder, agilidad y conexión con el bosque, ascendieron hasta lo más alto del tronco, y desde allí, con la chirimía sonando y el tambor marcando el ritmo del universo, se lanzaron al vacío girando como espirales del tiempo.
Cada vuelta era una declaración de identidad. Cada cuerda que se desenrollaba hablaba del pasado, del presente y del futuro. Era como si el aire contara una historia que solo el alma puede entender.
La danza tiene orígenes en el Popol Vuh
El Palo Volador no es solo danza. Es un acto sagrado que nace del Popol Vuh, donde los héroes gemelos suben a lo más alto del árbol para conectar con lo divino. Es un puente entre los mundos. Y San Pedro decidió cruzarlo de nuevo.

La emoción en el pueblo era indescriptible. Los niños preguntaban con asombro, los adultos grababan con lágrimas en los ojos, y los abuelos… los abuelos simplemente sonreían. Sabían que ese día, el pueblo volvió a volar.
Y no solo voló el palo, voló el orgullo. Voló la cultura. Voló la certeza de que cuando un pueblo conoce su raíz, ninguna modernidad puede borrarlo.
Este momento no fue una casualidad. Fue una reconexión profunda. Fue un símbolo de lo que somos y de lo que podemos seguir siendo cuando miramos al pasado con reverencia y al futuro con coraje.
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