En la noche del Sábado de Gloria, las iglesias en distintos puntos de Guate se llenan de silencio, luz y expectativa. La Vigilia Pascual no es una misa más dentro del calendario litúrgico; es el momento que marca el paso de la oscuridad a la esperanza, previo a la celebración de la resurrección de Jesús.
La ceremonia inicia fuera del templo, con el encendido del fuego nuevo. A partir de ahí, la luz se comparte entre los asistentes, en un gesto que simboliza la vida que vence a la muerte. Es un acto cargado de sentido, donde cada detalle tiene un propósito claro.
Durante la vigilia, se recorren pasajes clave de la historia de la salvación, se bendice el agua y se renuevan las promesas bautismales. Para la Iglesia Católica, esta celebración representa el eje central de su fe: la resurrección como fundamento de todo lo que se cree y se vive.
En Guate, la participación de las familias, jóvenes y adultos refleja una tradición que no pierde vigencia. Más allá de la solemnidad, es una experiencia que convoca, une y permite una pausa en medio del ritmo cotidiano.
La Vigilia Pascual no se limita a lo ritual. Es un recordatorio directo de renovación, de nuevos comienzos y de la capacidad de levantarse incluso después de los momentos más complejos.

Porque hay tradiciones que siguen convocando no por costumbre, sino por lo que representan. Y en esta noche, el mensaje es claro: siempre hay un punto de partida.
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